23 jul. 2012

Lecturas exóticas para el verano

Exotismo significa evasión, utopía, éxtasis, voluptuosidad, aventura. Nada más literario y nada más tentador para dejar que nuestra imaginación viaje durante el verano.

  
Robert Louis Stevenson y su familia
en la isla de Upolu en Samoa

En el ya clásico ensayo El postimpresionismo. De Van Gogh a Gauguin John Rewald empieza el capítulo dedicado a “Gauguin en Tahití” con una mención al escritor escocés Robert Louis Stevenson (1850-1894), que llegó a Polinesia en junio de 1888, tres años antes que Gauguin. El autor de La isla del tesoro, a quien los nativos apodaron Tusitala (el cuentacuentos), terminó sus días en Vailima, en la isla de Upolu (Samoa). Su crónica En los mares del Sur (1890), que rebosa rasgos exóticos, nos sumerge en la vida de los habitantes de estas islas que esconden un pasado caníbal.  


Muchos, casi todos, relacionan a Herman Melville (1819-1891), con la legendaria fábula de Moby Dick, pero muy pocos saben que en su juventud el escritor estadounidense llegó a la isla de Nuku Hiva a bordo del ballenero Acushnet y terminó en manos de una tribu caníbal. Esta aventura iluminó sus dos primeras novelas, Taipi, una narración de los Mares del Sur (1846) y Omoo (1847). Otro norteamericano, Jack London (1876 - 1916), autor de obras tan emblemáticas como La llamada de la selva o Colmillo blanco, nos traslada a tierras desconocidas en sus Cuentos de los Mares del Sur (1911), escritos a su regreso del Pacífico. Desde la primera línea, el poder visionario de todas estas historias, protagonizadas por indígenas, aventureros, pescadores, sirenas nativas, o bailarinas, atrapan nuestra fantasía.

Si nos trasladamos a la órbita francesa nos encontramos que lo que prolifera en la literatura de ambiente exótico es el rousseauniano mito del buen salvaje. Ya en el siglo XVIII Jacques-Henri Bernardin de Saint-Pierre (1737-1814) se valió de este mito para criticar el modelo de sociedad occidental en Paul et Virginie, ambientada en isla Mauricio.

Lo mismo podría decirse de la visión romántica e idealizada de Tahití que nos ofrece Rarahu. El matrimonio de Loti, del escritor y eterno viajero Pierre Loti (1850-1923). Esta novela, que desde el momento de su publicación en 1882 se convirtió en todo un bestseller, jugó un papel esencial en la decisión de Gauguin de elegir la Polinesia como lugar de destino. También le sirvió de inspiración al pintor para algunos pasajes de Noa Noa, su narración novelada de los primeros años en las islas.


En este contexto no se puede dejar de mencionar los Viajes extraordinarios de Jules Verne (1828–1905), un repertorio de libros de viajes y aventuras, que mezclan realidad y ciencia ficción y ofrecen una visión anticolonialista de los viajes de exploración realizados en el último tercio del siglo XIX.

Algo más extraño es el caso del escritor simbolista Marcel Schwob (1867-1905). El autor de Vidas imaginarias, conmocionado por la lectura de La isla del tesoro, de Stevenson, viajó a la isla de Upolu para visitar su tumba. Su Viaje a Samoa es el diario de esa experiencia. Escrito en forma de cartas a su esposa, la actriz parisiense Marguerite Moreno, no sólo describe las peripecias de esa insensata aventura a través de Djibouti, Ceilán o Melburne, sino muy especialmente la desilusión que le produce la isla y sus gentes y lo absurdo de retornar sin haber visto la tumba de su héroe.

Como no podía ser de otro modo la vida de Gauguin, el que huyó a lo más profundo de Polinesia para vivir como un salvaje, sirvió de inspiración a más de una novela. El escritor inglés Sommerset Maugham (1874-1965) en La luna y seis peniques, publicada en 1919, cuenta la vida del pintor Charles Strickland, que no es otro que el propio Gauguin. Para entonces el pintor, fallecido unos cuantos años atrás, ya se había convertido en todo un personaje de leyenda.
En fecha reciente el Nobel Mario Vargas Llosa escribió El paraíso en la otra esquina (2003), una crónica novelada que entrelaza la vida del Gauguin y la de su abuela Flora Tristán, anarquista y pionera luchadora por los derechos de la mujer y de la clase obrera. En ese mundo de búsqueda de utopías que fue el siglo XIX, ambos comparten el anhelo de encontrar el Paraíso y la felicidad.

Pero no debemos olvidar que lo exótico también esconde episodios amargos. En El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad (1857-1924) cuando Marlow encuentra finalmente a Kurtz, cuya imagen ha ido mitificando mientras remontaba el rio Congo, descubre que se trata de un personaje misterioso, enfermo, al que los nativos idolatran, pero que parece haber caído en una locura bestial. ¿No nos recuerda esta historia al propio Gauguin? Lo que en un principio prometía ser un viaje a los orígenes, a una Arcadia sin tiempo, ¿no terminó siendo para él un descenso a los infiernos? Sin duda en los trópicos, el Paraíso y el abismo están muy próximos.
Paloma Alarcó

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